4/5/2012
Leo con cierta sorpresa en Aragón Digital, revisando las noticias, que un grupo de estudiantes han acampado en la recepción del edificio de Interfacultades de nuestra Universidad de Zaragoza, con el objeto de protestar por las medidas de ajuste que se han aplicado en materia de precios públicos universitarios.
Vaya por delante que estoy en contra de la subida de la carga impositiva por cualquier vía. El precio del estudio universitario en España es una cantidad de dinero que, sin poderse comparar con lo que cuesta la formación superior en otros países, verbigracia Estados Unidos, puede ser excesiva si se incrementa en estos momentos donde estamos saturados de pagos y escasos de ingresos. Los salarios en España no son los de otros vecinos, sino mucho más modestos. Ello, junto con el recrudecimiento en la concesión de becas, hace a mi juicio un escaso favor a la política económica del Gobierno. Esta es una medida que da muy mala prensa y muy pocos beneficios comparativamente con otras que podrían adoptarse para no hacer descansar siempre el peso en los mismos.
Ahora bien, dicho esto, y manifestada mi postura, ¿hacer una acampada es la solución? ¿De verdad se cree que este medio legitima de mayor o mejor manera los argumentos que se puedan esgrimir?
En la Universidad de Zaragoza estamos acostumbrados a ver acampadas en Interfacultades. Se ha convertido, de hecho, en un camping oficioso, más o menos frecuente, con periodicidad anual o semestral, según vayan llegando las noticias. El motivo no es, siento decirlo, lo más relevante, sino que se ha trasformado en la respuesta ordinaria de un grupo de estudiantes a las medidas que no gustan o que son injustas a su leal entender.
Lo que sí creo cuestionables son dos elementos. En primer lugar, que la Universidad debe ser, ante todo, un lugar de libre pensamiento, y de confrontación dialéctica, de ideas y criterios. Es lógico y además, magnífico, que en Universidad se expresen y se discutan con el debido criticismo todas las medidas, las de unos y otros, y sea un foco de debate. Ahora bien, debatir tirándose al suelo con colchonetas y con guitarras al estilo “cumbayá” no me parece aportar en este momento razones para tomar a quienes se manifiestan críticos como interlocutores, sino que empobrece su razón los medios empleados. Al final, se subsumen dentro de una masa crítica informe en vez de constituirse como interlocutores de una postura adversa a las modificaciones, y que, como tal, deben ser escuchados.
Siempre critico lo mismo a los “indignados”. No hace falta tirarse en el suelo, descalzarse, ni acampar para estar indignado. Yo puedo estar hasta las narices también, y llevar traje y corbata. Estereotipar el malestar y el disgusto es convertir en pueril y primario algo mucho más serio.
También me parece cuestionable el apoyo del Rectorado. Sin querer aprovechar el paso del Pisuerga por Valladolid, como se suele decir, sorprende la anuencia y complicidad de ciertos sectores de representación estudiantil y fuera de la Universidad con determinados lobbies, con los que se entiende mejor que con otros. Ojo, que es normal hasta cierto punto. Todos tenemos nuestros amigos y nuestros menos amigos, pero en una Administración independiente como es la Universidad, creo que puede llegar a ser contraproducente que, como se suele decir en la escena, “se vea tanto el cartón” al personal.
En la huelga general, en la Facultad de Derecho, grupos sindicales aprovechando el clima de protesta lesionaron y agredieron brutalmente a muchos miembros de la comunidad educativa que ejercieron el legítimo derecho a no hacer huelga. Y ello, ante la pasividad de la policía, que fue frenada por la no autorización del Rectorado a poder entrar en la Universidad a defender a quienes eran agredidos sin agredir, puesto que ello causaba “mala imagen”, según palabras textuales de uno de los miembros del citado equipo.
Sin embargo, ¿no causa mala imagen asentamientos en edificios públicos, en lugares donde no se puede ni se está en condiciones de habitabilidad mínimas? ¿No es peor imagen el apoyo parcial y siempre patente a ciertos sectores en detrimento de otros de manera permanente haciendo uso para ello del parapeto institucional?
En este país, y lamentablemente parece que en el seno del equipo de gobierno de la Universidad se cree que el derecho de acampada es una vertiente del derecho fundamental de reunión, y eso es un error de bulto que me cuesta pensar que no ha sido advertido por los ilustres juristas que asesoran al mismo. No hay legalidad alguna en este tipo de asentamientos, insalubres por otra parte, y la complicidad de la institución no sólo tiene una lectura política clara y meridiana, sino que, además, excluye la sensibilidad de otra parte de la comunidad universitaria, que tiene que ver siempre un Rectorado de un color ajeno al suyo, y que se le hace sentir como tal por sus propios actos, por acción y por omisión, dolosa o imprudentemente, siempre se patentiza esta filiación tan clara.
Por ello, la mejor defensa de la Universidad creo que se hace desde la seriedad, desde el aseo personal y moral del compromiso con unas ideas, y no con la infantilidad del tirarse al suelo en la rabieta. Estamos todos en el mismo carro, y pasándolo mal, y no están peor precisamente los que se manifiestan por estas vías. Lo que sale gratis lo es porque otra persona lo paga. Para que unos puedan holgar en el parquet, otros debemos currar. Eso es lo que ahora toca. Eso, y reivindicar desde la palabra lo que desde el pataleo nunca se gana. Pero eso, quizá, es pedir demasiado.
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