11/7/2012
Ya los eufemismos no tienen lugar. Estamos en crisis, en recesión y, quizás, en cambio de era. Pero no siempre una crisis tiene que ser necesariamente para peor. Tim Jackson ha escrito un libro, “Prosperidad sin crecimiento”, que da muchas claves para comprender esto, y que recomiendo vivamente. Se puede vivir de otra manera. Que no falte el dinero. Pero no hace falta que sea un dios, como lo consideramos. La salud no la valoramos hasta que se pierde. Y hay otras cosas, como el afecto y la amistad de las personas. Y seguramente vamos a tener que acostumbrarnos a vivir de otra manera. Porque esto no es una crisis económica cualquiera. Pues es una crisis social, en la que todo va junto. Y tenía que llegar, porque se trata de algo cíclico. La recesión es consecuencia de la bonanza y el despilfarro anterior. Y vuelta a empezar.
Las crisis económicas pueden ser breves. Incluso de tres años o así; que ya los hemos pasado. En la concisa descripción de los ciclos que realiza el profesor Gabriel Tortella, el austriaco Schumpeter, siguiendo al francés Clément Juglar, hablaba de las crisis que se producían de diez en diez años. Y los ciclos de crisis Kutznets abarcaban unos veinte años. Y los del ruso Kondratieff todavía hablaban de 50 años,”ondas largas de la economía”. Que ya los hemos pasado con creces. La Biblia decía que a unos siete años de vacas gordas sucedían otros siete de vacas flacas, como bien explicaba el patriarca José al faraón de Egipto, lo que le valió, según el libro sagrado, ser virrey del país del Nilo. Pero es que tenemos la crisis del Imperio Romano, la crisis barroca del XVII (peste incluida), la crisis del campo que llevó a la famélica población a la Revolución Francesa. Por no hablar de la crisis provocada por otra revolución, esta vez técnica, la Revolución Industrial, y por otros avances técnicos, como la revolución del vapor, del ferrocarril, etc. Como vemos, nada nuevo bajo el sol. Como ahora mismo, cuando la situación tiene muchas semejanzas con la crisis del 29. Se daban créditos de letra pequeña escondida. Los locos años veinte llevaron a la sobreproducción de artículos de lujo, en lugar de los de primera necesidad. Algo que muchos hemos experimentado personalmente antes de la actual crisis. La oferta iba entonces dirigida a las opulentas elites, papanatas nuevos ricos que pretendían “epatar” al personal. Radios y electrodomésticos a gogó en la época que tan bien retrataba Scott Fitzgerald en “El gran Gatsby”. Charleston y canotier. Minifaldas y casinos. Estados Unidos hizo entonces lo que ahora la Alemania de Merckel, pero en plan social. Solo que la Alemania de los años treinta era pobre y deprimida económica y socio-históricamente, debido al severo tratado de Versalles. Todo eso llevó al nazismo.
Mientras tanto, nos dicen que la crisis llega a todos. No es verdad. Si es España la que tiene que hacer sacrificios, serán todos los españoles, y en relación con sus ganancias. Es decir, sacrificios progresivos. El roscón, repartido según los dineros de cada cual. Si no, como sucede actualmente, cada vez se incrementará más la brecha entre ricos y pobres. Y a los pobres, que poco a poco irán siendo mayoría, solo les quedará el consuelo de encontrar la sorpresa del roscón.
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